Verano 2018.

Research Diary

CERVECERÍA EL PUERTO, BARRIO DEL PILAR, MADRID.
08.06.2018 | 13:17 – 13:32 
moisés:

Una calle. En una punta una farmacia esquinera. Yo en una terraza de ocho mesas con sus sillas rojas cubierta en su mitad. Girando la cabeza a la derecha sigo la acera hasta Hermanos Pérez, electrodomésticos, tienda con letrero azul y letras blancas. En medio, dos cervecerías, una clínica dental, una tienda colchones Flex, una cervecería con nombre Hugo, una tienda cerrada con letras de se alquila, se llama Melody, al lado de un portal que da entrada a un edificio vivienda. Enfrente de donde bebo la cerveza, la Cervecería El Puerto, con azulejos mezcla de Talavera y Sevilla, con un óvalo que representa el mar, un barco de vela, el nombre de la cervecería, El Puerto, en la parte alta, combada, y cerrando el medallón óvalo, cervecería.  Una ventana que da a un tipo de cocina, dividida en dos partes y en la parte alta la cerveza que suele venderse, Mahou Clásica, y un cuadrado de cartón pequeño en un ángulo con la escritura BAR+HD. Por la calle pasan dos hombres con paraguas, una pareja, una mujer con un niño pequeño, un anciano con un carrito y viandantes que con paraguas, gorros y plásticos se defienden de la lluvia. Pausa: preparo las tapas de jamón rociándolas con aceite. Miro los dibujos de Daniela, más práctico que las palabras. Picoteo una mierda de patatas. Oigo el rumor del agua que gotea en el techo de tela de la terraza. Veo la espalda de un hombre que sentado casi enfrente parece que pierde el tiempo con el móvil. No, gracias a Dios es con un vaso de vino. Dos parroquianos están en la entrada, uno de ellos fumando.

daniela: 

Llueve. Vaya día, dice un señor en la mesa aledaña. El camarero le sirve una copa de vino tinto. Papá escribe al lado de mí. Lleva puesta la boina y las gafas. La fachada del bar está llena de azulejos amarillos y azules. Dibujo. Nos traen la tostada de jamón. El camarero nos pregunta si queremos un poquito de aceite. Decimos que sí. Al poco tiempo regresa con aceite de oliva en un pequeño paquete de plástico. Creo que ya no lo pueden tener en botella, para que no te engañen, dicen. Un señor de negro está de pie en la puerta del bar. Saluda a una mujer que pasa con una niña pequeña. La niña sujeta un paraguas fucsia muy grande para ella. Charlan. El camarero viene por detrás de la niña y hace ademán de quitarle el paraguas. Juegan. Dentro del café una pareja se da un beso. Ni papá ni yo hemos tocado la tostada de jamón. Dibujo el barco. La niña dice mamá. La madre dice ya nos vamos. María, no seas vaga. Se marchan. El hombre sigue allí, come el último trozo de su pincho de tortilla, bebe un poco de café, entra, y vuelve a salir. A unos diez metros de mí, a la derecha, cuatro hombres charlan. No puedo entender lo que dicen, pero hablan en voz alta y acaparan mi atención. Dos tienen uniforme del ayuntamiento. Papá abre el aceite y lo echa sobre la tostada. Veo poco aceite sobre el jamón y mucho entre los dos trozos de pan. Pienso en Moisés, el de la Biblia, y luego en mi padre, Moisés. Un señor de pelo blanco pasa con un bastón delante del bar. Nuestro vecino de la mesa de al lado no ha hecho ruido en todo este tiempo. Suena la alarma, son las 13:32. 

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CALÇADA DA ESTRELA, LISBOA.
31.07.2018 | sobre las 15:30
daniela: 

El suelo es de granito. La barra también, de vidrio y de madera. Estamos del otro lado de la celosía. Las mesas están cubiertas de un mantel verde botella y un sobre mantel de papel blanco. Las sillas son de fierro negro, y su respaldo dos barras en forma de arco. Las puertas, todas de cristal, están abiertas. Veo pasar coches, alguna moto y, sobre todo , tranvías. Allí dentro pareciera que el aire no respira. El señor del bar tiene una camisa roja. Prepara las mesas. En el bar solo quedamos papá y yo. Papá paga la cuenta, hoy no quiere escribir. Le he pedido que me espere 7 minutos. Del otro lado de la calle hay una cámara de seguridad. Es blanca y delgada. El muro de detrás también es blanco sucio. Un intento de camuflaje. Papá ha dejado el dinero que me debe al lado del café. Voy al baño, dice. Creo que tiene ganas de marchar. Ha levantado la silla y casi se cae, joder papá – por poco tira el mantel. En el café hay varias plantas, se está fresquito. La sombra de la cámara es enorme, parece un autobús. Hay mucho barullo en la calle, pero solo de coches. Papá ha vuelto, vámonos. Poco después llegamos a la Basílica de la Estrella. Hay un andamio al lado de un órgano, cerca del presbiterio. Papá me ha explicado cosas básicas, como que la basílica es en cruz romana con una nave central y muchas capillas en la nave. De lo demás no me acuerdo. Nos sentamos en silencio en el ala este. Aquí también se está fresquito. Escribo. Nos interrumpe una invasión de pasos y murmullos. Hay música de fondo – canto gregoriano, según mi padre. Al salir enciendo una vela. Vamos al parque. 

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MARICASTAÑA, PASEO DEL ESPOLÓN, BURGOS.
27.08.2018 | 19:15 – 19:30
moisés: 

Heme aquí, un día de sol, a la sombra de unos plátanos, sentado en una terraza, esperando a que limpien la mesa, nos pidan una consumición y nos la sirvan. La cafetería en la que he recalado con mi hija se llama Maricastaña, tal vez para dotarle de una pátina de vejez con prestancia, aunque en el interior y en el mobiliario de la terraza solo lo moderno impera. Lo que sí evoca tiempo y belleza es el paseo, cuyo nombre es El Espolón, con un paseo central arbolado con plátanos de ramas entrelazadas y un jardín paralelo, estilo francés, que da a un río de aguas menguadas. En las terrazas las personas sentadas a la mesa son mayoritariamente gente mayor, tranquila, que consume bebidas de todo tipo: cañas, coca-colas, jugos. Interrumpo porque la camarera, una muchacha joven, con lentes, limpia la mesa y nos pide qué deseamos: Daniela responde que un zumo de tomate y yo digo que también. Gente variada pasea por el espacio asolado: curiosamente, tal vez una simple cuestión de bolsillo, abundan muchachos jóvenes, al menos si lo comparamos con el que ocupa las terrazas. Sería interesante describir, o intentarlo al menos, a las personas que nos rodean. Por ejemplo, las dos mujeres que están enfrente de mí: posiblemente hermanas, sin alianzas en las manos, de hablar pausado y ademanes tranquilos. Al fondo una luz caída, pero limpia, acaricia la vegetación e ilumina las aves que raudas vuelan.

daniela: 

En el banco de enfrente hay tres señoras mayores. Una con pelo castaño, otras dos con pelo blanco. Dos peregrinas acaban de marchar, ya tenían hospedaje en León. Yo, que tanto insistí a papá para quedar a escribir, no tengo nada que decir sobre lo que sucede a mi alrededor. Creo que esta mañana me ha dado una pequeña insolación. Una insolación en Burgos, vaya. Una de las tres señoras lleva puesto un jersey amarillo. De vez en cuando cruzamos miradas, o eso creo yo: hay demasiados transeúntes. Mientras escribo una se va, ahora solo quedan dos. La mesa sigue sin limpiar, con suerte terminaremos de escribir sin necesidad de consumir. La copa de Cervezas Alhambra – une tulipe dirían en Metz – está vacía. ¡Ay! Ha venido la camarera. Fuera copa, fuera coca-cola a medio acabar. Hemos pedido dos zumos de tomate. He pillado a papá ojeando mi libreta. Parece que hoy ha escrito mucho. Hoy no me interesa nada. Bueno, a lo lejos veo muchos pájaros volar. Ni tan lejos, sobre el río. No hay mesa que se libere que no se ocupe. A mi izquierda, a unos quinientos metros, por decir algo, hay un sauce llorón. Es bonito. Hace bueno en Burgos y yo prefiero no pensar. Los zumos de tomate están aquí.

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Imágenes: Daniela Pascual